Me he visto comiendo píldoras y extraños batidos de cosas que llaman proteínas en vez de chuletones y papas, y eso que aún no he perdido las muelas como esos guerreros viejos hartos de roer huesos y morder pellejos.
Me he visto con las piernas, el pecho y hasta los güevos depilados.
Me he visto en un extraño paraje, donde le dicen el decatlón, comprando malla, blusón, pantallones, bocados, medias, hombreras, botas, tacos, bolsa y gayumbos todo ello a juego y en superpolitrón para mi primer entrenamiento.
Me he visto hablándole de que soy jugador de rugby a cualquier hembra que se me acercaba.
Me he visto enfadándome con una mesonera porque no tenía pepino para mi gintónic.
Me he visto faltar a la cita de un partido con mis camaradas porque una doncella, a la que llamaba novia, quería que la acompañase a tomar aguas a la playa.
Y he tenido miedo, os lo confieso camarada. Temo que de nada hayan servido tantas batallas, la búsqueda del relicario de San Severino mártir en tierras escocesas, el terrible sitio a la fortaleza de Tegueste que duró años y del que aún cantan las vírgenes en aquellas tierras, las justas sobre la campa donde algún infiel plantó césped y hoy hay un campo de rugby.
Por nuestro Señor Dios que sólo conocemos una forma de conjurar los malos espíritus, ansí que llamo a la estirpe de los siempre peludos, jugadores con pantalón militar, cejas partidas, narices rotas, rodillas crujías y huevos de piedra. Los que aún zampamos y bebemos sin mesura, los que sólo hablamos de rugby con quien entiende de rugby, los que damos uso al pepino en mejores menesteres y que antes que tomar aguas tomamos cerveza, no vaya a ser que en ese incierto camino del maltomar quieran los dioses que acabemos tomando por el culo.
Daos pues formalmente por convocado a singular justa con esos espíritus que se celebrará a primera sangre y conforme al más estricto código de caballería a las cinco de la tarde del vigésimo sexto día de las calendas de junio deste décimo año del segundo milenio de Nuestro Señor.
Después nos darán posada en una hostería donde dicen Aguagarcía cuyas puertas se trancarán para que podáis aliviar los gustos del bajo vientre, que hambre, sed o estreñimiento hacen al hombre menos hombre y son tan amargos como la mala o escasa coyunda.
A falta de mejor rival, ofrezcamos a nuestros adversarios desdén e ignominia en las voces roncas de nuestro antiguo cantar:
El fragor de la lucha ya se extingue,
por doquier de la muerte, la amargura,
ya el odiado enemigo se distingue,
alejándose deprisa en la llanura.
Ya los fieros enemigos se alejaron,
no resuena el ruido de sus botas,
les pasamos por encima, les ganamos,
les dejamos... en derrota,
en pelotas,
sin carota,
la nariz rota.
Como siempre, en el recuerdo de que no hay mayores ni mejores hermanos que los que lo son en la sangre y en ese líquido infernal que llaman cerveza, recibid un saludo y daos por convocado.

